Por Rosa Laura Vázquez Grajales.
Hablar de la educación en México es hablar de personas que imaginaron un país distinto y trabajaron para construirlo. Una de esas figuras fue Jaime Torres Bodet, quien entendió que la educación no solo sirve para aprender a leer o escribir, sino también para abrir oportunidades, fortalecer comunidades y construir una sociedad más justa.
Torres Bodet nació en la Ciudad de México en 1902, en una familia con influencias culturales europeas: su padre era de origen español y su madre, francesa. Desde pequeño tuvo contacto con los libros, los idiomas y la cultura, elementos que marcaron profundamente su formación. Muy joven comenzó a escribir poesía y posteriormente se integró al grupo de Los Contemporáneos, junto a escritores como Salvador Novo, Carlos Pellicer y Xavier Villaurrutia.
La influencia de este grupo fue importante en su manera de entender la educación. Los Contemporáneos promovían una visión moderna y universal de la cultura. Consideraban que México debía dialogar con el mundo y que la formación humana no podía limitarse únicamente a conocimientos técnicos. Esa idea acompañó siempre a Torres Bodet y después se reflejaría en su visión educativa: una educación con sentido humanista, vinculada con la cultura y orientada al desarrollo integral de las personas.
Otro momento decisivo en su vida fue su colaboración con José Vasconcelos, quien, siendo rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, lo integró muy joven al ámbito educativo nacional. A partir de entonces inició una trayectoria en el servicio público que lo llevaría a desempeñarse como secretario de Educación Pública en dos ocasiones, secretario de Relaciones Exteriores, embajador y director general de la UNESCO.
Sin embargo, más allá de los cargos, lo que realmente distinguió a Torres Bodet fue su convicción de que la educación debía llegar a todas las personas, especialmente a quienes históricamente habían permanecido excluidas.
En la década de 1940, México enfrentaba un problema muy grave de analfabetismo. Millones de personas, principalmente en comunidades rurales, no sabían leer ni escribir. Esta situación limitaba el acceso al conocimiento, al trabajo y a la participación social.
Cuando Torres Bodet asumió la Secretaría de Educación Pública en 1943, impulsó la Campaña Nacional contra el Analfabetismo. Su propósito no era únicamente enseñar letras y números, sino integrar a las personas a la vida social y abrirles nuevas oportunidades.
La campaña tenía un fuerte componente comunitario y social. Participaban maestros, estudiantes y distintos sectores de la sociedad. La alfabetización era vista como una responsabilidad colectiva y como una herramienta para combatir la desigualdad.
Torres Bodet entendía que una persona que no sabía leer ni escribir enfrentaba mayores condiciones de vulnerabilidad. Por ello, consideraba que la educación era una forma concreta de justicia social.
Años después, durante su segundo periodo como secretario de Educación Pública (1958-1964), impulsó una de las estrategias más importantes de la historia educativa mexicana: el Plan de Once Años. Este plan se llamó así porque fue diseñado con una visión de largo plazo, contemplando once años de trabajo continuo para ampliar la cobertura de educación primaria en todo el país. Su objetivo principal era garantizar que todas las niñas y niños tuvieran acceso a la escuela.
El plan incluyó la construcción de escuelas, la formación de docentes y la ampliación de la infraestructura educativa. En este contexto también surgió la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos, que permitió distribuir materiales educativos sin costo a millones de estudiantes.
Lo innovador del Plan de Once Años fue que no estaba pensado solamente para un periodo de gobierno, sino como una estrategia de Estado con visión de futuro. Representó uno de los primeros esfuerzos de planeación educativa de mediano plazo en México.
Aunque el contexto actual es muy distinto, muchas de las ideas impulsadas por Torres Bodet continúan vigentes.
En Chiapas, las acciones impulsadas por el gobierno encabezado por el Dr. Eduardo Ramírez Aguilar y la política educativa dirigida por el Dr. Roger Adrián Mandujano Ayala mantienen coincidencias importantes con esa visión humanista de la educación.
Una de ellas es entender que la educación debe servir para transformar realidades sociales. Así como Torres Bodet buscó combatir el analfabetismo y llevar educación a las comunidades con mayor rezago, actualmente se reconoce la necesidad de fortalecer las oportunidades educativas en regiones históricamente vulnerables.
En este sentido, programas como Chiapas Puede comparten una lógica similar: acercar oportunidades educativas y sociales a quienes más las necesitan. Tanto en el pasado como en el presente, existe la convicción de que la educación es una herramienta fundamental para reducir desigualdades.
También existen coincidencias en el enfoque territorial. Torres Bodet impulsó acciones para llevar educación a comunidades rurales donde prácticamente no existían servicios educativos. Hoy, en Chiapas, continúa siendo prioritario atender zonas con altos niveles de marginación y dispersión geográfica.
Sin embargo, las diferencias entre ambos periodos también son importantes. En tiempos de Torres Bodet, el principal desafío era enseñar a leer y escribir a una población que nunca había tenido acceso a la escuela. Hoy, el reto es más complejo: además de garantizar el acceso, se busca asegurar la permanencia escolar, ofrecer educación de calidad, ampliar el acceso a la tecnología y brindar una formación pertinente para contextos multiculturales.
Otra diferencia importante es la dimensión tecnológica. Las campañas de alfabetización de mediados del siglo XX dependían principalmente de maestros, materiales impresos y brigadas educativas. Actualmente, la educación incorpora herramientas digitales, plataformas tecnológicas y nuevas formas de comunicación.
También ha cambiado la manera de entender la inclusión. En la época de Torres Bodet, el objetivo era ampliar la cobertura educativa nacional. Hoy, además de ello, existe un mayor reconocimiento de la diversidad cultural y lingüística, especialmente en estados como Chiapas.
A pesar de las diferencias históricas, existe una coincidencia de fondo que sigue siendo relevante: poner a las personas en el centro de la educación.
Torres Bodet no veía la educación únicamente como un tema administrativo o estadístico. Para él, educar significaba formar personas con sensibilidad, valores y capacidad para participar en la vida social. Por eso también impulsó bibliotecas, proyectos culturales y espacios de acceso al conocimiento.
Esa visión continúa vigente. Actualmente, la educación enfrenta nuevos desafíos, pero sigue siendo una herramienta esencial para construir sociedades más justas, incluyentes y con mayores oportunidades.
Recordar a Jaime Torres Bodet no es solamente hablar del pasado. Es reconocer que muchas de las discusiones actuales sobre equidad, inclusión, cobertura y planeación educativa ya estaban presentes en su pensamiento. Su legado demuestra que las transformaciones educativas requieren continuidad, visión y un profundo compromiso humano.
Rosa Laura Vázquez Grajales – Directora de Educación Superior de la Secretaría de Educación.


