De José Vasconcelos a la docencia del siglo XXI: un legado que sigue inspirando las aulas de Chiapas

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Por Isabel Llaven*

¿Qué nos puede aportar hoy el pensamiento de José Vasconcelos a quienes ejercemos la docencia en las aulas de Chiapas? Vivimos en una época en la que predominan la inteligencia artificial, las plataformas digitales, el aprendizaje híbrido, la globalización del conocimiento y una sociedad en constante transformación. Sin embargo, en medio de este escenario surge un cuestionamiento: si el contexto en el que habitamos y las herramientas han cambiado, ¿también ha cambiado el propósito de educar?

Repensar la educación que reclama la sociedad actual, particularmente en Chiapas y en México, implica volver la mirada hacia quienes sentaron las bases del pensamiento educativo nacional. Entre ellos destaca, sin duda, el maestro José Vasconcelos, uno de los referentes más influyentes de la educación en el país, cuya visión humanista y compromiso social con la formación de las personas marcaron el rumbo de la política educativa durante el siglo XX. Más que hacer un recuento histórico de sus principales aportaciones, vale la pena preguntarnos qué elementos de su filosofía continúan orientando la labor docente y cuáles requieren reinterpretarse frente a los desafíos contemporáneos.

Hace más de un siglo, Vasconcelos imaginó una educación capaz de transformar a las personas y, a través de ellas, transformar al país. Su proyecto no se limitó a construir escuelas o diseñar programas educativos; también buscó acercar la cultura, la lectura, las artes y el conocimiento a comunidades que históricamente habían permanecido al margen del desarrollo nacional; llevar la educación a los pueblos olvidados. Para él, educar era mucho más que enseñar contenidos prácticos: significaba formar seres humanos con sensibilidad, pensamiento crítico, valores y un profundo sentido de responsabilidad social.

Si bien estamos preocupados y ocupados por formar ciudadanos que desarrollen un conjunto de competencias, cabe preguntarnos qué lugar ocupa la formación humanista, el reconocimiento de la esencia de cada persona y la educación para el ser y el bien común. El incremento de diversos problemas sociales, como las actividades delictivas y las distintas formas de violencia, podría ser consecuencia, en parte, de concebir la educación únicamente como un medio para competir profesionalmente en un mundo globalizado. Pero ¿qué hay de la formación integral del ser humano a la que apelaba Vasconcelos?

Es aquí donde adquiere relevancia la figura de quien históricamente ha asumido este compromiso y a quien se le ha confiado una de las tareas más nobles e importantes de la sociedad: el maestro. En su obra De Robinson a Odiseo: pedagogía estructurativa, Vasconcelos sostiene que el docente debe ser un guía cultural y moral, capaz de acompañar la formación integral del ser humano. Desde su perspectiva, la educación no podía reducirse al aprendizaje de técnicas o conocimientos útiles para el trabajo; debía contribuir al desarrollo intelectual, ético, estético y espiritual de las personas. Por ello cuestionó las corrientes pedagógicas excesivamente pragmáticas cuando privilegiaban únicamente la utilidad inmediata del aprendizaje, relegando la formación humanista del individuo.

Aunque nuestro contexto ha cambiado profundamente, esa visión conserva una sorprendente vigencia. Hoy el docente ya no ocupa exclusivamente el papel de transmisor del conocimiento. Es guía, mediador, facilitador, diseñador de experiencias de aprendizaje, acompañante y agente de cambio educativo. Detrás de estas nuevas funciones permanece una responsabilidad que no ha cambiado: contribuir a la formación de personas capaces de comprender su realidad, convivir con los demás y participar en la transformación de su comunidad. Una responsabilidad ineludible: educar para la vida.

Quizá uno de los aspectos más actuales del pensamiento vasconcelista sea la importancia que concede al vínculo humano entre docente y estudiante. Quienes ejercemos la docencia sabemos que los aprendizajes más significativos no provienen únicamente de un contenido curricular. Con frecuencia nacen de la cotidianeidad, del intercambio de experiencias, de una conversación, de una palabra de aliento, de un consejo, de un reconocimiento o de la confianza que un maestro deposita en sus estudiantes. También surgen de su capacidad para despertar la curiosidad. Ese acompañamiento sigue siendo uno de los factores con mayor impacto en el aprendizaje y en el desarrollo personal. Difícilmente podemos evocar un aprendizaje verdaderamente significativo sin recordar al docente que despertó nuestra curiosidad o que nos ayudó a comprender aquello que parecía incomprensible.

Vasconcelos concebía al maestro como un promotor cultural, un ejemplo de vida y un agente de transformación social profundamente vinculado con su comunidad. Esa idea resulta especialmente pertinente para nuestro estado, donde converge una amplia diversidad lingüística, cultural, social, geográfica y territorial. Esta realidad plantea desafíos que solo pueden asumirse desde una educación cercana a las personas y, sobre todo, desde una educación que valore y respete los saberes comunitarios. El docente no solo transmite conocimientos; también propicia el diálogo entre distintas formas de comprender el mundo, recuperando y fortaleciendo la identidad cultural de los pueblos.

No obstante, sería un error pensar que la docencia actual puede reproducir, sin cambios, el modelo educativo concebido por Vasconcelos. La realidad del siglo XXI presenta desafíos que él nunca imaginó. La inteligencia artificial, la educación híbrida, la ciudadanía digital, lainclusión, el aprendizaje permanente y la velocidad con la que circula la información exigen nuevas competencias profesionales. Hoy el magisterio requiere actualizarse de manera continua, integrar herramientas tecnológicas con sentido pedagógico y desarrollar estrategias que favorezcan el pensamiento crítico, la creatividad y la colaboración, articulando estos procesos con los saberes comunitarios que fortalecen la identidad, la inclusión y la pertinencia educativa.

Mirar hacia el legado de Vasconcelos no significa regresar al pasado ni idealizar una época distinta. Significa recuperar aquellos principios que continúan ofreciendo sentido a la educación contemporánea. Entre ellos destacan la convicción de que toda persona tiene derecho a acceder al conocimiento, la importancia de la lectura como herramienta para ampliar horizontes, el valor de las artes y la cultura en la formación integral, el compromiso social del magisterio y la estrecha relación que debe existir entre la escuela y la comunidad.

Estos principios dialogan con muchas de las aspiraciones de la educación actual. Hoy se habla de comunidades de aprendizaje, gestión educativa participativa, inclusión, interculturalidad, desarrollo de competencias, formación ciudadana, integración de herramientas tecnológicas y creación de nuevos ambientes de aprendizaje. Aunque estos enfoques responden a contextos distintos de los que vivió Vasconcelos, comparten una misma preocupación: formar personas capaces de construir una sociedad más justa, empática, democrática y solidaria.

Para Chiapas, esta reflexión adquiere un significado especial. La riqueza cultural y lingüística del estado, la diversidad de contextos escolares y los desafíos sociales que enfrentan muchas comunidades demandan una educación pertinente, incluyente y profundamente humanista. En ese escenario, el papel del docente trasciende la enseñanza de contenidos. Se convierte en un puente entre la escuela y la comunidad, entre el conocimiento científico y los saberes locales, así como entre la innovación tecnológica y los valores que fortalecen la convivencia.

No se trata de repetir literalmente las propuestas de Vasconcelos; el desafío consiste en reinterpretar su legado a la luz de las necesidades actuales. Hoy educar implica formar estudiantes capaces de utilizar responsable y críticamente la tecnología, aprender durante toda la vida, convivir en la diversidad, cuidar su entorno y participar activamente en la construcción del bien común. Ninguno de estos retos contradice el pensamiento humanista de Vasconcelos; por el contrario, lo actualiza y lo proyecta hacia el futuro.

Me atrevo a expresar que el mejor homenaje que las y los docentes podemos rendir a José Vasconcelos no consiste en reproducir fielmente sus métodos, sino en recuperar la esencia de su pensamiento: creer que la educación sigue siendo el instrumento más poderoso para transformar personas, fortalecer comunidades y construir una sociedad más justa. En una época caracterizada por la complejidad, la innovación tecnológica y los cambios permanentes, la misión del docente continúa siendo la misma: educar con conocimiento, sensibilidad y un profundo compromiso humano. Ese, ayer como hoy, sigue siendo el verdadero sentido de la educación.

Dra. Isabel Llaven Aguilar

*Asesora académica de la Secretaría de Educación

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